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miércoles, 5 de noviembre de 2014

El río sin retorno, de Bee Ridgway

Nicholas Falcott, marqués de Blackdown, desaparece de repente cuando está a punto de morir en el campo de batalla en Badajoz, España, en 1812 y aparece en un hospital de Londres en el año 2003. Enseguida descubre que él no es el único que ha experimentado este «viaje», pues hay otros que también como él han viajado en el tiempo. Hay, además, una organización que los gobierna y ayuda a adaptarse a la nueva época a la que viajan, que les facilita los conocimientos, la instrucción y los medios para que comiencen esta nueva vida. En su caso, después de darle su nueva identidad, una acomodada vida en Nueva York y un salario de dos millones de dólares anuales, ni se molesta en cuestionar la regla número uno: no se puede volver ni al lugar ni a la época de la que se viene. Sin embargo, diez años después, recibe una citación y tras ella una orden: tiene que regresar a su antigua vida para ayudar a desbaratar los planes de una organización que quiere destruir el futuro.

En 1815, Julia Percy se despide llorosa de su adorado abuelo, el conde de Darchester, que está a punto de exhalar su último aliento. En el momento en que lo haga se quedará sola para enfrentarse a su desagradable primo y proteger el poderoso secreto de su abuelo. Además de eso, está también a un paso de descubrir que ella es capaz de manipular el tiempo.

Siempre me han gustado las historias de viajes en el tiempo, incluso creo que he dicho en más de una ocasión que son mis favoritas, así que cuando tengo noticias de alguna de ellas, me falta tiempo para ir de cabeza por ella. Si además me dicen que se trata de una historia de amor, vamos, que el libro lo leo sí o sí. Y claro, he leído El río sin retorno.

No voy a desgranar la historia para que os hagáis una idea de por dónde van los tiros, más que nada porque no sabría cómo hacerlo sin destriparla entera, pero espero que quede claro que no ha cumplido mis expectativas por varias razones que explicaré en la exposición que haré a continuación.

La autora escribe bien, de hecho me ha gustado bastante su escritura, sin embargo, se enrolla como las persianas y repite, repite y repite hasta la saciedad montones de cosas a lo largo de todo el libro. Cuando me encuentro con un autor tan casino, no sólo me fastidia leer montones de veces lo mismo, sino que pienso que el escritor me toma por boba, y se me llevan los demonios.

A pesar de las miles de explicaciones y la insistencia sobre todo el invento del río de la vida que se ha montado la autora, no me ha quedado claro cómo viajan en el tiempo. La verdad es que no es que tenga mucha importancia, está claro que esto no es algo ni verídico ni científico, tan sólo una fantasía de la autora, por tanto, lo mismo da cómo lo hagan, pero es que la escritora se ha pasado toda la novela queriendo explicarlo... y yo no me he enterado. No sé si esto de viajar y parar o mover el tiempo es cuestión de genética, inteligencia, concentración o suerte... Si alguien lo lee y lo descubre, que me lo cuente, por favor.

Una vez que Nick viaja a su era y se encuentra con Julia, se supone que además del desarrollo del motivo por el que él viaja a su época, asistiremos a la historia de amor (¡que en la portada pone «una historia de amor a través del tiempo»!), pues no. Vamos, sí... pero no. Necesitamos más de doscientas páginas para que se hablen y se vean y aunque, efectivamente, hay luego (o sea, después de otras tropecientas páginas más) entre ellos una historia de amor, el peso que esto tiene en la novela no es suficiente como para denominar el libro como novela romántica. El río sin retorno es una novela de ciencia ficción que entre sus páginas cuenta con el amor de dos de sus protagonistas. Punto.

Según comienzas a leer y vas avanzando, te inflas y desinflas. Te inflas porque empieza bien, porque se abren un montón de aristas en la trama, porque aparecen muchos personajes... Te desinflas porque no parece que avanza hacia ninguna parte, porque te explica y te vuelve a explicar, porque los personajes piensan y repiensan lo que el narrador ya te ha contado, porque van quedando agujeros en la historia y vas pasando las hojas y no ves que aquello se resuelva.

Y porque (y lo pongo en otro punto porque merece mención especial) la novela acaba de forma abrupta, con un montón de cabos sin atar: ¿no hay lucha ni enfrentamiento de ningún tipo entre el Gremio y los Ofan? ¿Qué ha sido de Jem Jemison? ¿Y del resto de los personajes? ¿La novela acaba así? ¿Así? Vamos, que nos tragamos casi seiscientas páginas de pensamientos, descripciones y reiteradas explicaciones y a la hora del final, nos la cortan por lo sano. Ah, espera, que estamos en la era de las trilogías, ¡acabáramos!, va a ser eso. Se supone que a la vuelta de unos meses saldrá otro libro contándonos lo que nos queda por saber, lo nuevo que se invente la autora y, seguramente, el desarrollo amoroso de Nick y Julia. Bueno, pues que les vaya muy bien a todos, pero dejé Forastera en el cuarto libro (y esa saga son palabras mayores, a pesar de hay quien ha osado decir que los fans de Forastera disfrutarán con esta historia) y este libro además de que no se asemeja ni un poquito y que compararlo es una soberana estupidez, a mí no me ha captan para comprar el siguiente.

Resumiendo: buen tema y buena trama aunque le sobran más de doscientas páginas, no es novela romántica, es fantasía y/o ciencia ficción, es entretenida para pasar el rato y poco más, y seguro que tiene al menos una segunda parte. En cuanto a la autora escribe muy bien, tiene imaginación y para ser su primer libro supera con mucho a la media, pero alguien debería haberle ayudado a separar la paja del trigo y el resultado hubiera sido mucho más acertado.

 

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