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jueves, 2 de marzo de 2017

Los dulces años, Lavyrle Spencer

Sabiendo como sabía desde hace tiempo que Lavyrle Spencer es una gran autora y, tras comporbarlo por mí misma leyendo "Dos veces amada", no podía haber empezado la lectura de "Los dulces años" con más ganas que con las que lo hice.

Y mis ansias no fueron en vano.

Desde el primer instante, la autora me contagió de la expectativa propia de las novatas en su primera toma de contacto con cada nuevo empleo. Hice míos los nervios de Linnea en el tren, esperando su parada y se me humedecieron las palmas de las manos al sumergirme en la imaginación de la protagonista intentando adivinar cómo sería el primer encuentro con el inspector de escuela. Me veía ahí, sentada en el tren, adormecida por el traqueteo del vagón, observando mis zapatos nuevos y sintiéndome segura por llevar un gran sombrero.

Me enfadé con Theodore por sus bruscos modales y yo también hubiera querdio decirle un par de cosas al respecto; sentí las rozaduras de las botas de piel en los pies, abracé a Nissa a través de los brazos de Linnea y creció mi antipatía primero y mi agradecimieto después hacia Isabelle. Deseé enfrentarme yo misma al ministro y su esposa y lloré por la pobre Frances...

No sé si por ser yo maestra también, como la heroína del libro, me he sentido más identificada aún con ella, ante la emoción contenida de oler, tocar, ver el primer aula de tu vida y los primeros alumnos que son puestos en tus manos. Quizá este hecho ha provocado que fuera más receptiva a la escritura de Lavyrle Spencer y menos objetiva a la hora de opinar. Sin embargo, estoy casi convencida, de que siendo los protagonistas de la trama una alta ejecutiva y un chef de moda, hubiera sentido la misma emoción.

Creo firmemente que esta autrora tiene una magia especial, hace un uso de la pluma más que acertado, posee un tacto descriptivo más allá de lo normal y un verbo divino para hacer al lector partícipe de la historia.

Es cierto que he sufrido la muerte de algunos personajes secundarios y el azote de la fiebre española casi en primera persona y, por ello, me enfadé sobremanera por conseguir que llorase tanto y que, tiempo después de haber cerrado el libro, aún siguiese echándolos de menos y recordando a los difuntos como si realmente los hubiera conocido en persona. Sin embargo, el hecho de entender que forman parte de la historia y aceptar que estos hechos eran nota común en la vida de principios del siglo XX, me ayudó a superar "mi pequeña pérdida".

Por estos detalles tan humanos, por saber introducir con magia y acierto desgracias en una historia romántica, sin convetirlo por eso en un drama o en una tragedia, es por lo que la autora tiene un lugar especial en mi corazón. Por escribir novelas tan hermosas, tan reales, tan cercanas, tan "esto le puede suceder a alguien de verdad", tan "qué bonita historia de amor real"... Lavyrle Spencer es tan, tan, tan....

Sin embargo, y me duele ponerle un "pero", me decepcióno profundamente el final de la historia. Esta es uno de las cosas en las que eché tremendamente de menos un epílogo; porque ¿qué pasó con Kristian y su novia? ¿Y con el otro chico que se fue a la guerra? ¿Volvieron? ¿Se casaron? ¿Se murieron en el tiempo en que tardó en llegar la noticia del fin de la guerra? Por supuesto para mí todos volvieron a casa, fueron felices y comieron perdices pero, como dice la autora por boca de Theodore : las cartas tardaban casi tres semanas en llegar y nunca se podía estar seguro de que en ese transcurso de tiempo Kristian hubiera muerto.

En fin, esta es mi única pega y por ello es por lo que no puedo ponerle un 11 a la novela, así que, sintiéndolo mucho, me veo en la obligación de puntuarla sólo con 10.

Creo que, hasta ahora, ninguna otra autora me ha conmovido tanto y tan profundamente como Lavyrle Spencer.

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